miércoles, 14 de octubre de 2009

Seguimos reflexionando sobre la nueva ley de medios

Mientras mi compañero Coco aún no puede salir del asombro que le provocó la aprobación de la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en el Congreso (pues el ciclo kirchnerista suele sorprendernos a veces para bien y otras para mal), este escriba se sienta a redactar las sensaciones que le produjo el fin de una etapa en la Argentina, aquella donde era aceptable que una porción minúscula de la sociedad se apropie lo que nos pertenece a todos.


Estábamos acostumbrados al escepticismo, ya nos habíamos angustiado demasiado el año pasado cuando las corporaciones agropecuarias mantuvieron sus enormes privilegios tras el rechazo de la Resolución 125 en el debate parlamentario, merced a la labor de Cleto Cobos. Esta había sido una derrota del campo popular, no sólo en lo político, sino por sobretodo en lo cultural, lo simbólico. Los sectores dominantes se habían apropiado de un lenguaje que era propio de las consignas de las luchas populares desde la Revolución de Mayo de 1810 hasta nuestros días´.


Esa batalla de las patronales agroexportadoras contra el Gobierno para mantener sus extraordinarias mega ganancias, fue vehiculizada por los grandes medios de comunicación, que así como a principios de los años noventa promovieron el desguace del Estado a través de la imposición de la patria financiera y la privatización de todos los servicios públicos, ahora el Estado debía ceder su rol en favor del monocultivo de soja transgénica. Así, las corporaciones sojeras ligadas a las mediáticas (tienen muchos negocios en común) conservaron sus posiciones dominantes en desmedro de leves intentos de redistribución de la renta agraria.


Sin embargo, en los últimos dos meses el panorama cambió radicalmente. La instalación del debate sobre una nueva ley de medios audiovisuales en el parlamento tuvo otro efecto en la población. Las franjas más progresistas de la población acompañaron, militándolo, el proyecto de ley que envió el Poder Ejecutivo al Legislativo. Esta vez la centroizquierda y casi todo el campo popular apoyaron la iniciativa del Gobierno y ayudaron a que la ley fuera afirmada holgadamente por los legisladores en las dos cámaras. Las élites dominantes no pudieron imponer sus intereses particulares (sus negociados) en contra de la voluntad general. No obstante, siguen ensuciando el debate. No aceptaron la derrota como buenos malos perdedores que son. Distinta había sido la actitud del kirchnerismo el año pasado cuando asumió el resultado no positivo que le propició su vicepresidente y entonces, accedió a negociar con los detentadores de la patria sojera, cediendo cada vez más espacios. Con esto lo que quiero decir es que los grandes grupos económicos toleran el sistema democrático, institucional, siempre y cuando actúe en su beneficio. De lo contrario, lo consideran un obstáculo que hay que sacárselo de encima. Sea a través de golpes militares, de mercado, o mediáticos apelando a demandas en la Justicia.

Los grandes medios de comunicación, producto del avance sin límites del capitalismo, se han convertido en el gran aparato ideológico, una verdadera máquina voraz, de las clases dominantes de la sociedad. Desde aquí imponen su cosmovisión como si fuera la de todos los ciudadanos. Los mass media hoy en día son no el opio del pueblo como decía Karl Marx respecto de las religiones, sino el paco (la pasta base) del pueblo. Son la peor droga que pueden consumir los ciudadanos, si lo hacen pasivamente, de forma acrítica, leyendo todo al pie de la letra. Estos holdings toman a la comunicación como si fuera un producto más de compra y venta, en vez de ser un derecho inalienable que tienen todos los ciudadanos, sin excepciones, a informarse y comunicarse.

Desde una concepción posmoderna, la cual rige su andar, los mass media intentan borrar los conflictos de clase. Hacen pasar como natural la injusta estructura socioeconómica de la sociedad capitalista. Los pobres son pobres debido a variables económicas, a números que no cierran a su favor, no a un modelo que concentra riquezas en una fracción pequeña de la población a costa del trabajo y del hambre de las mayorías. Esto es lo que hacen las corporaciones mediáticas cotidianamente, tergiversar la realidad, negando la enorme asimetría entre ricos y pobres.

Siguiendo por el mismo carril, vemos que el actual sistema de medios, el cual la nueva ley viene a modificar sustancialmente (esperemos), no habla de izquierdas y derechas, de populistas y conservadores. Se refiere únicamente a oficialismo y oposición. Son dos términos que no dicen mucho. Si uno lo ve desde afuera, con tal definición política se encuentra más desorientado aún.

Se sabe que en este país ser oficialista es como ser el demonio. En cambio, ser opositor es ser cool, es ser demócrata, respetar las instituciones, el estado de derecho y las libertades individuales. Todas éstas no son más que zonceras, pues, la oposición es la derecha rancia que suele ningunear la voluntad popular, actuar en contra del bienestar general. La oposición es lisa y llanamente la derecha que vulnera constantemente la democracia.

La derecha siempre defiende a las corporaciones del Poder Económico. No quiere el juicio a los represores, no quiere que se modifique el esquema de injusticia social que subsume a la mitad de la población por debajo de la línea de pobreza. La derecha es solidaria con los poderosos y solamente se acuerda de las clases populares a la hora de las elecciones, pidiendo su voto a la vez que promueve el enfrentamiento al interior de estos sectores.

La nueva ley de medios de comunicación audiovisual viene a cambiar esta estructura neoliberal de la prensa, que a través de la difusión de su ideología posmoderna oculta los verdaderos problemas que competen a la totalidad de los argentinos.

Esperemos, deseamos que la transformación del sistema mediático que consolido el menemismo basado en la apropiación de la comunicación del sector privado a modo de oligopolización, no sea únicamente superficial. Que atañe también a los contenidos. Es patética, banal, la programación de los canales de televisión abierta y no puede ser que humoristas conduzcan programas informativos de radio. Es como si un oftalmólogo se dedicara a la cirugía. Es algo ridículo.

Anhelamos que haya una profesionalización en los medios a partir de esta nueva norma. Que se priorice la calidad, la innovación y, por encima de todo, la idoneidad. La comunicación social es una profesión, un trabajo que debe ser bien realizado, por trabajadores bien formados y tiene que estar al alcance de todos. Brindar el mejor servicio, desde un variopinto de visiones, para toda la ciudadanía.
Por Mauro Reynaldi