domingo, 14 de noviembre de 2010

Interesante análisis de Marcelo Falak sobre Pepe Mujica y su visión compartida de la argentinidad


Con Pepe Mujica se me terminó la paciencia oriental


Uno tiene sentido del humor, o de la resignación, mejor. Sólo eso explica la falta de respuesta al maltrato al que parte de la dirigencia política uruguaya viene sometiendo desde hace años a todo lo que sea argentino.
Aunque nunca fui un cultor de la sensibilidad nacionalista, debo admitir que ya estoy un poco harto. Sobre todo porque una y otra vez se nos estigmatiza como pueblo, como sociedad, tachándonos de poco serios, corruptos y hasta estúpidos. Un desdén que oculta poco y mal un sentimiento xenófobo que califica más al portador que al señalado.
Primero fue Jorge Batlle, que se dio el lujo de definir a todos los argentinos “como una manga de ladrones, del primero al último”. También a mí, aunque no me conoce. A mis padres, a mi esposa, a mis hijos, a mis amigos, a vos, lector. Ciego de ira, no tuvo ni la inteligencia de darse cuenta de que la cámara que lo enfocaba estaba encendida. Después, más patético si es posible, vino humillado a pedir perdón, lagrimeando de manera pusilánime. “Están llegando más periodistas, si querés lo hacemos de nuevo”, le propuso cínicamente al entonces presidente Eduardo Duhalde, que lo miraba con gesto adusto y magnánimo a la vez. Pobre Batlle: volvió a tropezar con la misma piedra: no se dio cuenta de nuevo de que había cámaras encendidas. Ya se sabe eso del único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra.
La verdad, ni se le prestó demasiada atención: el hombre no valía la pena. Además, en esa época estábamos demasiado mal de autoestima.
Ahora es el turno de José Mujica, tan descalificador, generalizador y antiargentino como el otro, sólo que con su modo campechano y su voz aguardentosa. Una y otra y otra vez.
Primero, hace años ya, contra la “porteñada” que acude cada verano a Punta del Este, parte de la cual probablemente se orine encima de deleite al escuchar las flagelaciones a las que el oriental nos somete. No reparan en que aquéllas no se descargan sólo sobre las espaldas ajenas.
Luego, con que los peronistas (los Kirchner, pero no sólo ellos) son “patoteros”, los radicales buenos tipos pero unos “nabos”, los gobernantes y los dirigentes del campo unos “burros” y con que nuestra institucionalidad “no vale un carajo”. Todos los demás, dijo ecuménico, unos “histéricos”. ¡Caramba, señor Presidente, qué lenguaje! Bueno, todavía no era presidente. Faltaba que los “patoteros”, que también pueden ser solidarios, le facilitaran las cosas y le llenaran los Buquebús de votantes.
Ahora, de nuevo. Más "sociológico", esta vez, menos orillero. Que la Argentina está “cortada en dos”. Que es “increíble” que a Julio Cobos se le haya sugerido no ir al funeral de Néstor Kirchner. Que la relación, UPM (ex Botnia) mediante, “va a ser difícil”… “¡Chocolate por la noticia! Yo no me comí ninguna de inocente”, se jactó. Y lo más molesto: que lo de Batlle fue comprensible, que “lo grave fue haberlo dicho y que lo hayan grabado, no haberlo pensado”. Curioso sentido de la honestidad.
Y más. Que las retenciones que le reclama su ala izquierda no son para Uruguay. Que acá van de la mano de un modelo que se basa en un “dólar inflado”, “un proteccionismo feroz” y un Estado gordo, que “funciona mal”. Cierto, él pasó de guerrillero a liberal. Bueno, depende de a qué audiencia se dirija.
Lo que planea en todos estos casos es que esta orilla está poblada de gente facciosa, enloquecida, corrupta. Soberbia, también, aunque el dedito para hablar mal del vecino no se levante precisamente aquí. Poco seria, además.
Lo dicen permanentemente los máximos dirigentes de un país que fueron tomados con los pantalones bajos por la Corte de la Haya, que constató cómo ellos (los uruguayos, no los argentinos) violaron la legalidad internacional desconociendo el Estatuto del Río Uruguay. Curiosa idea de la seriedad. Y, al hacerlo, desataron un conflicto que, una vez más, sirvió para estigmatizar al perjudicado. Claro, si no se hace un poco la vista gorda con las multinacionales contaminadoras del medio ambiente, “si apretamos el clavo, no queda ni una sola industria en el río Uruguay”. Hombre de principios marxistas (de Groucho, claro).
El Uruguay que esa clase dirigente construye es un país serio, nos dicen. No como nosotros. Por eso defienden a capa y espada su secreto bancario, destinado a proteger a sus inversores. Que éstos sean en algunos casos los más corruptos de este país -según ellos- de corruptos, que sean evasores o lavadores de dinero es un detalle. Es un detalle entonces que buena parte del sistema bancario de Uruguay sea un enorme laverrap a la que esa clase dirigente le pone el cuerpo. Bueno, no toda la clase dirigente oriental. O no siempre. Recuerdo todavía cuando la banca uruguaya y la off-shore instalada en ese país temía como a la muerte un triunfo del Frente Amplio. Los Mujica, los Tabaré Vázquez, los Danilo Astori prometían entonces barrer con esa institución ignominiosa. Sus convicciones también cayeron con el Muro de Berlín, parece.
Hablamos de un sistema bancario, insistimos, basado en buena medida en la captación del dinero negro del Cono Sur, lo que ameritó Uruguay que fuera incluido en la lista negra de paraísos fiscales de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Luego, piadosamente, el negro destiñó un poco y pasó a gris. La condición ahora para salir de una posición tan poco digna de un país serio es que firme acuerdos de intercambio de información tributaria con al menos veinte países. Ya está, ya cumplieron con esto, y en los´próximos días el Congreso terminará de adecuar la norma a lo reclamado. Los países con los que se ha firmado la reciprocidad son, en algunos casos, lavaderos tan grandes como Uruguay, convencidos todos de que entre bomberos no se pisarán la manguera. ¿Quién le va a pedir información a quién? ¿Y Argentina, la tierra de corrupción de la que, no podría ser de otro modo, proviene una porción abrumadora de ese dinero evadido? No, con ella no hay ningún acuerdo ni interés por firmarlo.
Es de país serio también que no una sino dos veces una mayoría haya votado en plebiscito a favor del mantenimiento de la amnistía forzada en tiempos de Julio María Sanguinetti por los antiguos dictadores. Es cierto, algunos casos se juzgan, los que el presidente de turno decide per se mantener al margen de la Ley de Caducidad. Eso sí que es una "institucionalidad del carajo". Que lo diga si no el primer militar en actividad detenido por presuntas violaciones a los derechos humanos, proeza que se produjo esta misma semana, 25 años después del fin de la tiranía. Ah… El hombre recibió destino tras su ascenso a general en la gestión frenteamplista de Tabaré Vázquez.
No importa que la “seriedad” en este punto implique impunidad para crímenes atroces, que las víctimas deban resignarse a nunca recibir satisfacción ni esclarecimiento, que la normativa local viole acuerdos internacionales de rango constitucional. Es lo que plantean los miembros del Frente Amplio que siguen fieles a sus ideas de siempre. No es el caso del viejo guerrillero, que antes hacía política a los tiros y hoy, ya bien aprendido, es un león herbívoro.
Volviendo a la cuestión de las retenciones que esos zurdos del FA insisten en pedirle al Presidente (intolerable: parecen argentinos). ¡Qué distribución del ingreso ni ocho cuartos! Es de país serio no gravar demasiado a sus productores rurales, dejarlos trabajar tranquilos. “¿Vamos a hacer eso? ¿Funciona acá?”, se preguntó, retórico, Mujica. No, desde ya. “Paisito” al fin, a Uruguay le alcanza con su banca off-shore, con la “porteñada” invadiendo Punta del Este en verano, con alguna pastera contaminante y con sus campos. Si ellos son poquitos. Bueno, ahora lo son, desde que en los últimos cuarenta años se envió al exilio básicamente por razones económicas a unas 500.000 personas (cerca de 145.000 sólo en la úiltima década), la mayoría de las cuales vive en esta nación de chorros llamada Argentina. Si se incluye a su descendencia, podríamos pensar que los emigrados son acaso el 20% o hasta un cuarto de los tres millones y medio que viven en Uruguay. Es como si Argentina echara a diez millones de personas. Si nosotros también hiciéramos eso capaz que nos alcanzaría con la carne, la soja y el trigo. Pero no, no es el caso. Y a nosotros se han sumado muchos hermanos de países vecinos, algunos mejor recibidos, otros no tanto. Pero los orientales, sin duda, se cuentan entre los primeros.
Voy a nombrar a sólo cuatro en representación de todos. La maravillosa China Zorrilla, como antonomasia de la legión de artistas uruguayos que nos han enriquecido; Víctor Hugo Morales, acaso el más brillante de tantos periodistas que cruzaron el charco, que se ha ganado a fuerza de talento el derecho a decir lo que le plazca sin que nadie se atreva a recriminarle que lo haga siendo extranjero; Sergio “Manteca” Martínez, el que más alegrías me dio como boquense entre todos los deportistas que sudaron en este país; mi amigo Juan Carlos, que me ofreció su corazón cuando el mío se quejaba.
Cada uno de ellos ha sido aquí más que un hermano; ha sido un argentino más. Nadie puede negarlo. ¿Acaso que los consideremos de los nuestros será motivo de ofensa para los Batlle, los Mujica y otros, dada su pobre opinión de la argentinidad?
Acaso éstos entiendan alguna vez cuán triste es el papel que representan al juzgar a los demás con tanta ligereza. Los países no son ni mejores ni peores que otros. Tienen soluciones y problemas, uniones y conflictos, logros y fracasos, grandezas y bajezas. Argentina, Uruguay, todos. Ser juzgados desde la otra orilla de manera tan gruesa es tan injusto como si desde aquí se reflotara el apoyo oriental a Francia e Inglaterra en los intentos de invasión a la Argentina rosista, o el refugio gozoso dado a los “libertadores” del bombardeo de junio de 1955.
Por eso esta catarsis extensa intentó no responder en ningún pasaje con un chauvinismo equivalente al de esos dirigentes. La culpa no es de “los uruguayos”; son aquellos, los de arriba, quienes estigmatizan, dividen y sólo ven la paja en el ojo ajeno (esta frase sí que le gustaría al campechano Pepe). Quienes desprecian, ofenden y al final, piden disculpas una y otra vez. Disculpas que ni ellos mismos ya se creen ni yo tengo ganas de volver a escuchar.

Por Marcelo Falak

Fuente: http://loquedigoynohago.blogspot.com